Que alegría tan grande sentí al saber que estás vivo, pero al mismo tiempo acompañada de una profunda tristeza al saber que cambiaste el calor del hogar por el frio de una celda, te fuiste de la casa porque no tuve para pagarte un mandado.
¿Tú me cobraste por un mandado? Sin embargo yo te lleve nueve meses en el vientre y no te cobré por eso, el día que tú naciste tuve el dolor más grande. Sentí que mis carnes se rasgaban y sangraba: cuando te oí llorar por primera vez lloré contigo de alegría porque te había dado la vida.
No te cobre por lo cientos de pañales sucios que te cambie, ni por las noches de insomnio que tuve que pasar cuando estuviste enfermo. El día que te lleve por primera vez ala escuela fue para mí un día feliz, porque tu eras mi ilusión y mi esperanza, pero la vida me traiciono.
Ahí te mando el dinero que me cobraste por un mandado, porque hoy lo necesitas más que nunca, tal vez algún día comprenderás que el verdadero amor, no se compra ni se vende, se da, se regala de corazón.
Si algún día este ser que te dio la vida, tuviera que entregar su propia vida por salvar la tuya, con gusto la entregaría y tampoco te cobraría.
¡Que Dios te bendiga hijo mío!